Sonia tiene 16 años y vive en un hogar de protección de Fundación Amigó. Ingresó en el recurso hace cuatro años porque presentaba dificultades de adaptación escolar, personal y social, ya que su familia no tenía capacidad para garantizar su bienestar.
En el hogar, Sonia convive actualmente con ocho chicos y chicas que, como ella, necesitan apoyo integral por encontrarse en una situación de desamparo.
Sonia es una adolescente alegre, comunicativa y con un nivel de madurez elevado para su edad. Estudia cuarto de la ESO y mantiene un buen rendimiento académico. Desde el recurso, cuentan que es una chica muy responsable y autónoma con sus estudios, y que se organiza de forma independiente, manteniendo todas las asignaturas al día. Además, el equipo educativo destaca su capacidad para argumentar de manera lógica y expresar opiniones coherentes y bien elaboradas, aunque todavía afronta el reto de mejorar la gestión emocional, especialmente en situaciones que desencadenan la frustración o el enfado.
Cuando un niño, niña o adolescente llega a un hogar de protección vive su propio proceso de adaptación, que en cada caso es diferente, puesto que cada uno/a llega con una mochila distinta, cargada de vivencias propias, creencias y aprendizajes que trae de casa. La mayoría de chicos y chicas han vivido situaciones muy complicadas, y llegan con carencias afectivas, desconfianza en las figuras adultas de referencia y falta de rutinas. A su llegada al hogar, Sonia ha encontrado la estabilidad en el día a día:
“Mi día a día en el hogar ha sido prácticamente el mismo desde hace bastantes años: Duermo entre 8 y 10 horas, algo que valoro mucho. Voy a clase a las 9:00 y vuelvo a casa a las 13:00 para comer. Después, regreso a clase a las 14:45 y salgo a las 16:30. Cuando vuelvo a casa, hago los deberes y cumplo con mis responsabilidades. Al terminar, voy al gimnasio. Después regreso, ceno, paso un rato con el móvil y me voy a dormir”, cuenta e insiste en que “aunque pueda parecer raro, esto es lo que más me gusta de estar aquí, ya que he conseguido tener una rutina fija que me da tranquilidad. De hecho, cuando llega el verano, echo de menos esta rutina, porque me ayuda a mantener la mente tranquila”.
En los hogares de protección de Fundación Amigó, los y las profesionales ayudan a los niños, niñas y adolescentes a comprender su situación y a potenciar sus capacidades, para que logren, con ello, superar sus dificultades. “Mi relación con los educadores mejoró cuando entendí que están aquí para ayudarme y no para perjudicarme. Empecé a apoyarme en ellos y eso me hizo sentir mejor. Me siento muy agradecida con todos, y vivo más tranquila sabiendo que cada día tengo a alguien que me escucha y me guía por el buen camino”, explica Sonia.
A través de una pedagogía basada en el amor y el respeto, el equipo acompaña a Sonia desde la cercanía, el vínculo, la cotidianidad, la norma y la disciplina. Mediante tutorías personalizadas, adaptadas a sus necesidades, se marcan objetivos orientados a la aceptación de límites y la adquisición de autonomía. El fin de estos recursos residenciales es ofrecer una atención personalizada e integral los 365 días del año, funcionando de la forma más parecida posible a una familia: los y las jóvenes estudian, colaboran en las tareas, asisten a extraescolares y comparten momentos de ocio.
“En el hogar organizamos actividades de ocio y tiempo libre, y Sonia está siempre dispuesta a participar de las diferentes propuestas del equipo. Además, ella participa de un proceso de emancipación, por lo que, de vez en cuando, realiza tareas cotidianas, como realizar compras, ayudar con el lavavajillas, o la colada”, explica el equipo educativo.
Esta preparación es clave para el futuro, ya que cumplir la mayoría de edad implica abandonar el recurso, que durante mucho tiempo ha sido su casa. Muchos jóvenes afrontan esta etapa con incertidumbre y miedo por no contar con los recursos necesarios para independizarse con las suficientes garantías. “Estoy bastante nerviosa por la llegada de mis 18 años. Antes deseaba que llegara ese momento, pero ahora que se acerca cada vez más, me siento inquieta. Sé que tengo el apoyo del equipo educativo y que tendré el apoyo de mi familia, pero es un cambio muy grande. Espero estar preparada para despedirme de un lugar que ha sido mi casa durante mucho tiempo”, confiesa Sonia.
Afortunadamente, además del apoyo del hogar, la joven cuenta con una red familiar. Recibe los ánimos de su abuelo para ir a la universidad, visita semanalmente a su abuela y mantiene una buena relación con su madre, quien está realizando un gran trabajo personal para mejorar su situación. De hecho, los hogares promueven estas visitas semanales siempre que existan condiciones de seguridad, ya que el objetivo principal es la reunificación familiar.
“En mi tiempo libre me gusta estar con mi familia la mayor parte del tiempo. También disfruto haciendo planes con mis amigas y amigos”, cuenta Sonia. En el hogar, también se fomenta la creación de vínculos sanos, tanto dentro como fuera de casa: “Después de tanto tiempo, mis compañeros/as se han convertido en mi familia. Son las personas con las que comparto el día a día y, aunque tengo mis propios hermanos, para mí ellos son casi lo mismo. Los quiero como si lo fueran”, cuenta.
De cara al futuro, Sonia sueña con ser independiente, ir a la universidad y estudiar Derecho: “Mi sueño es llegar a ser una mujer capaz de afrontar todos los problemas que me ponga la vida y tener una vida estable. Además, me gustaría mucho llegar a ser abogada”, concluye Sonia. Desde Fundación Amigó, caminamos a su lado para apoyarla y ayudarla a conseguirlo.
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