Pedro tiene 15 años y vive en un hogar de protección de Fundación Amigó. Cuando solo tenía 7 años, su familia atravesaba una situación de vulnerabilidad, y sus padres no podían cubrir adecuadamente las necesidades básicas de sus siete hijos. Por esta razón, los Servicios Sociales asumieron la tutela de Pedro y sus hermanos, para ofrecerles un hogar, la atención y el apoyo que necesitan.
Desde los hogares de protección, el equipo educativo trabaja para que los chicos/as logren, siempre que sea posible, la reunificación y el retorno al hogar familiar. En el caso de Pedro, con el fin de garantizar su bienestar y desarrollo integral, permanece, por el momento, en el hogar, pero mantiene contacto semanal con sus padres, a quienes visita una vez por semana. “Recientemente, ha retomado relación con su abuela paterna, con quien también mantiene un vínculo positivo”, cuenta el equipo educativo.
Pedro es el chico más veterano del hogar, en el que lleva viviendo siete años. Los hogares de protección son recursos residenciales concebidos para ofrecer un espacio seguro y agradable a los niños, niñas y adolescentes hasta que cumplen la mayoría de edad. En estos proyectos, el equipo educativo está disponible 24/7, durante los 365 días del año, con el objetivo de ofrecer una atención integral, personalizada y orientada a reforzar las potencialidades de cada niño o niña, para que logren superar sus dificultades.
“Tras siete años en el hogar, Pedro siente este espacio como su casa. Está plenamente adaptado a la dinámica y normas de convivencia, mantiene una buena relación con el grupo y es un chico muy querido, tanto por sus compañeros como por nosotros/as”, explican desde el equipo educativo.
En los hogares, cada niño/a tiene establecida una rutina que, como en cualquier familia, les ayuda a organizar su tiempo de estudio, sus actividades extraescolares, sus visitas a familiares y sus momentos de ocio saludable: “En el día a día, voy al instituto, donde estoy cursando 2º E.S.O. Después de comer, hago los deberes o estudio y, por las tardes, acudo a fútbol sala, dos días a la semana. Los fines de semana me reúno con un grupo de “scout”, juego al fútbol cuando tengo partido, quedo con mis amigos y le dedico tiempo al estudio. Se puede decir que mi día a día en el hogar es lo más parecido a estar en una casa. Yo lo siento así”, cuenta Pedro.
En el pasado, Pedro carecía de una rutina académica, lo que se traduce en que actualmente le cueste mantener la constancia en los estudios. Tiene algunas asignaturas pendientes, por lo que necesita acompañamiento y seguimiento por parte del equipo educativo para mantener una rutina académica adecuada y avanzar en el curso. En este sentido, trabajan con él la importancia de la responsabilidad, el esfuerzo, la disciplina y la tolerancia a la frustración: “Como en los primeros años de su vida no ha tenido una rutina formativa, los avances conseguidos no solo tienen un sentido curricular, sino fortalezas que le van a servir en su futuro”, confiesa el equipo educativo.
Los y las profesionales del hogar de protección trabajan con los chicos y chicas desde la norma, la cercanía, el vínculo, la disciplina y la cotidianidad, adaptando la intervención a las necesidades individuales de cada uno/a. En el caso de Pedro, realizan tutorías periódicas en las que se establecen objetivos relacionados con áreas como la responsabilidad académica, el orden personal, la autonomía o las habilidades para la vida diaria.
Además, desde el hogar promueven actividades de ocio saludable y convivencia, como salidas a la piscina, juegos deportivos o talleres de cocina, siendo estas últimas, algunas de las actividades que Pedro más disfruta.
Con sus compañeros y compañeras, Pedro mantiene muy buena relación: “El trato con ellos/as es bueno. De hecho, con algunos he convivido mucho tiempo y los siento como mis hermanos. Siento que me apoyan y les tengo cariño”, cuenta. Desde el equipo educativo consideran que Pedro es un adolescente risueño y sociable, que intenta ayudar cuando alguien atraviesa un mal momento: “Es empático y atento con las personas de su entorno y tiene mucha facilidad para relacionarse con los demás”, añaden los profesionales.
Si bien, el equipo ha detectado que Pedro muestra una notable preocupación por sus compañeros y compañeras. Aunque lo hace de forma generalizada, es notable que a menudo esté más pendiente de la pequeña del hogar, mostrándole afecto y ayudándole en lo que necesita. En este sentido, consideran que probablemente esta actitud esté relacionada con haber crecido en una familia numerosa con varios hermanos menores que él.
Respecto al equipo de profesionales, Pedro mantiene una relación muy positiva con ellos/as, y suele mostrarse siempre cercano, respetuoso, cariñoso y colaborativo: “Existe confianza mutua y, cuando necesita ayuda o apoyo, no duda en pedirlo”, cuentan y añade Pedro: “Llevo mucho tiempo con el equipo educativo y siempre he sentido que me ayudan en todo lo que necesito. Me apoyan tanto en mis momentos buenos como en los malos, siempre están ahí”. Actualmente, el adolescente se encuentra en un momento de descubrimiento de su personalidad, y el equipo está enfocado en acompañarlo, brindándole el espacio y apoyo que necesita en su día a día.
Cuando los chicos y chicas que viven en los hogares de protección cumplen la mayoría de edad, deben abandonar el recurso, dejando atrás lo que, hasta ese momento, ha sido su casa. Esta situación, en muchas ocasiones, es fruto de estrés y ansiedad para los y las jóvenes que, en lugar de vivir el alcance de la mayoría de edad como una celebración, lo experimentan como un salto al vacío. Esto se debe a que, en la mayoría de los casos, no cuentan con los recursos económicos suficientes, ni el apoyo familiar necesario para lograr emanciparse con las suficientes garantías.
En el caso de Pedro, todavía tiene 15 años, pero ya está comenzando a trabajar con el equipo en la adquisición de su autonomía, para lograr que, en un futuro, pueda ser independiente y logre emanciparse de forma satisfactoria. Desde los recursos residenciales, ayudan a los chicos y chicas a que comprendan su situación y cuenten con las herramientas necesarias para lograr alcanzar sus objetivos. De momento, Pedro sigue esforzándose por sacarse la ESO, continúa jugando al fútbol sala, cuenta con el apoyo del equipo educativo y disfruta de la compañía de sus compañeros/as y amigos/as.
Desde Fundación Amigó, le animamos a que siga trabajando y esforzándose para que, algún día, pueda lograr todo lo que se proponga: “Mi sueño es ser cocinero y con lo que gane, poder tener un buen futuro y ayudar a mi familia”, concluye.
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