Susana y su hijo Darío llegaron al Proyecto Conviviendo de Fundación Amigó hace aproximadamente un año y medio, buscando herramientas, habilidades y estrategias para hacer frente a su situación y lograr una convivencia en armonía.
Darío comenzó a tener problemas de comportamiento a partir de los doce años, cuando inició secundaria: “Empezó a juntarse con unas compañías que para nosotros no eran adecuadas y, al principio, lo asociamos a la adolescencia”, cuenta Susana. Desde su infancia, el niño acudía a terapia psicológica para aprender a manejar su TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad), y fue gracias a la psiquiatra que les acompañaba que conocieron el Proyecto Conviviendo:
“Conocimos el Proyecto Conviviendo gracias a la psiquiatra que nos atendía. Cuando pedimos ayuda, estábamos desesperados, porque sentíamos que la situación se nos iba de las manos. La psicóloga de la seguridad social no nos daba buen soporte. Nos sentimos juzgados porque pensaban que en nuestra casa había ausencia de normas y, al final, nos hacían sentir culpables a los padres de lo que estaba pasando”, cuenta Susana.
Muchas familias que sufren dificultades en la convivencia familiar se sienten juzgadas porque existen prejuicios y estigmas, como el del “hijo tirano” o el “progenitor que no establece suficientes límites”, que persisten en la sociedad. Estos relatos resultan simplistas y estigmatizantes, puesto que la realidad que viven las familias que sufren este tipo de situaciones es mucho más compleja y depende de múltiples factores.
En este sentido, en Fundación Amigó, ofrecemos una atención especializada, centrada en la persona, y utilizamos una pedagogía con un enfoque positivo, basada en el amor y el respeto, entendiendo que cada ser humano es único e irrepetible, y que cada familia también lo es.
El primer día que Susana y su familia llegaron a Proyecto Conviviendo, respiraron aliviados, porque sintieron que el equipo profesional los escuchaba, los entendía y, sobre todo, no los juzgaba: “Cuando llegamos aquí, recuerdo que fue un día inolvidable porque estuvimos reunidos casi tres horas, nos escucharon atentamente tanto la educadora social como la psicóloga. Pudimos contarles todo lo que nos pasaba, y lo que recibimos fue apoyo, empatía y comprensión. Aquello marcó un antes y un después en nuestra situación”, explica.
En Fundación Amigó, creemos en la familia como el mejor agente socializador para cada niño, niña o adolescente, por eso, no solo trabajamos con los y las jóvenes, sino también con su núcleo familiar, proporcionándoles a todos ellos y ellas un espacio seguro y conciliador: “Las primeras sesiones fueron grupales, incluso con nuestro hijo pequeño, y esto fue sorprendente porque trabajamos de forma didáctica y divertida. Dentro de que teníamos una angustia y preocupación tremendas, las sesiones se convirtieron en un autoconocimiento para cada uno de nosotros”.
A día de hoy, Susana y su familia han aprendido a comprenderse mejor, a respetarse y a manejar mejor sus emociones. Gracias al Proyecto Conviviendo, han logrado mejorar su convivencia y adquirir las habilidades necesarias para resolver su situación. Por todo, Susana se muestra muy agradecida con el equipo profesional: “Nunca me había encontrado con una persona tan empática, tan profesional, que tenga conocimientos para enseñarte y sobre todo que no me juzgue. No hay palabras para describir a la educadora social que nos ha atendido; la queremos mucho y es maravillosa”, concluye.
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